Steven Levitsky: “La combinación entre democracia y altos niveles de desigualdad genera altos niveles de tensión social”

November 3, 2019

Experto en procesos democráticos, este politólogo estadounidense y profesor de Harvard reconoce que “una generación de liberales, y me incluyo, pensaba que los enemigos de la democracia se habían muerto”. Desde Boston, analiza los hechos en Chile, dice que la centroizquierda abandonó su preocupación por la desigualdad y que no cree “que se pueda hablar de una crisis del capitalismo, el liberalismo está más en crisis que la democracia”.

Ha caído definitivamente el otoño en Boston. Los árboles están con esas hojas multicolores que hacen que los parques de la ciudad parezcan una postal. No hace frío, pero la lluvia, aunque fina e intermitente, no cesa. La Universidad de Harvard no escapa a este panorama y sus añosos edificios recuerdan que estamos en uno de los más tradicionales y prestigiosos centros académicos del mundo. Camino hacia esta entrevista, una pareja de estudiantes chilenos pregunta detalles sobre lo que sucede en el país. El tema está instalado y los medios lo recogen ampliamente.

Para dialogar acerca de este y otros asuntos propios de la salud de la democracia, nos reunimos con el politólogo estadounidense Steven Levitsky, profesor de la asignatura de Gobierno y Estudios Sociales en el John F. Kennedy Schoole investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos de Harvard. Levitsky conoce muy bien la región. Además de estar casado con una periodista peruana, ha vivido en Argentina y sus trabajos académicos se han centrado en la evolución política de nuestros países. Obviamente, ha seguido de cerca la crisis por la que atraviesa nuestro país en estos días y la conversación comienza en torno a estos sucesos.

 

- ¿Por qué un país estable como Chile, con instituciones y una economía que funcionan, tiene estos estallidos sociales?

- Lo primero es señalar que este tipo de estallidos sociales es muy difícil de predecir. Ahora, cuando ocurren, todos los analistas dicen que era evidente su ocurrencia. Eso no es así. Y Chile, en cierto sentido, es parecido a Brasil en 2013, surgió de la nada. Entonces tenemos que tomarlo con un poco de humildad. Un factor que me parece que afecta a toda la región es la expectativa, el boom de 2002 a 2014. Tuvo muchos efectos positivos, ayudó a crear, por lo menos en términos de ingresos, una nueva clase media, millones de personas salieron de la pobreza, no a una clase media acomodada, pero en términos de ingresos podían aspirar a una vida más confortable para sus hijos. Pero a partir del 2014, con variaciones en los países, el crecimiento se detiene y las condiciones de vida de muchos caen. Hay un proceso de expectativas frustradas. La esperanza que existía hace 10 años no está siendo cumplida, y eso es parte muy importante de la ecuación. Otra parte que ha sido señalada reiteradamente respecto de Chile es que la desigualdad social, no solamente de ingresos, es muy alta. La desigualdad social cultural, racial, sigue siendo muy fuerte. En parte porque es difícil cambiar una sociedad, eso lleva muchos años. El efecto de los apellidos, de quién va a qué escuela, en qué barrio vives…, son cuestiones muy fuertes todavía en Chile, y la democracia no ha podido combatir eso.

 

- ¿en qué medida los pactos de la transición a la democracia profundizaron eso?

-Claramente, hubo un consenso entre la clase política chilena, que casi todos los politólogos del mundo aplaudimos, en orden a generar un pacto económico y político, muy elitista, que diera gobernabilidad al país después de un período de 17 años de dictadura. Todo aquello tuvo muchas ventajas para chile, pero implicó no fomentar la movilización, no tocar la Constitución, ni lo fundamental de la economía de mercado. Hubo un acuerdo para no tocar los temas de fondo y no movilizar a la sociedad. Entonces creció una presión enorme entre el establishment y la masa, que no explica la protesta, pero sí la hace más probable.

 

-¿Qué debe hacer un país que está en esa trampa para sortearla y salir bien?

- Lo increíble es que, según el punto de vista de un politólogo extranjero, parecía que chile lo estaba haciendo bien y se lo ponía como ejemplo. Por de pronto, tendremos que estudiar muy bien todo el proceso. Sus causas evidentes y las que no lo son tanto. Es difícil recomendar soluciones cuando uno no está allá, en medio de todo. Una salida posible es una constituyente, una nueva Constitución. Chile tiene pronto elecciones democráticas y allí puede incluir un proceso de consulta de este tipo, para redefinir las reglas del juego. Hoy en día, las derechas tienen en general mucho miedo a las asambleas constituyentes, porque tienen a la vista el modelo de Venezuela, Ecuador. Sin embargo, también puede ser el proceso de Colombia el 91 o el Brasil el 88. Una constituyente que represente a muchas fuerzas, donde habrá que producir acuerdos para un nuevo marco institucional No soy muy fanático de solucionar los problemas con nuevas constituciones, porque creo que estas deben perdurar en el tiempo. Pero en el caso de Chile, convengamos en que ese texto tiene pecados de origen y va a cumplir 40 años de vigencia. Dada la envergadura de la crisis, será una salida que tendrán que pensar una vez que recuperen la paz social.

 

- ¿Qué explica la debilidad que muestra hoy un número importante de las democracias en el hemisferio occidental?, ¿tiene algo que ver con la llamada crisis del capitalismo?

- No creo que se pueda hablar de una crisis del capitalismo, entre otras razones, porque hay varios tipos de capitalismo y estos, como cualquier sistema, atraviesan de vez en cuando por dificultades. El sistema mundial es sobre todo capitalista, y los exitosos resultados de su implementación están a la vista. La lista de problemas es larga y tienen que ver principalmente con cuestiones de desigualdad y cohesión social.

 

-Pero la democracia sí parece estar en una crisis, al menos en ciertos países…

-El liberalismo más que la democracia. La democracia sigue siendo muy popular. Hoy no existe un modelo alternativo a la democracia, nadie está en la calle pidiendo el sistema ruso o el chino, salvo algunas élites radicalizadas. Entonces, no sé si hay una crisis de la democracia. Es el liberalismo occidental el que enfrenta la crisis más seria que ha vivido en varias décadas.

 

-¿En qué se advierte esa crisis?

-Es una crisis de sobreconfianza. Cuando cayó el Muro de Berlín parecía que el liberalismo occidental había ganado, que habíamos llegado al fin de la historia y que no existían más alternativas. Sin embargo, el liberalismo, que tiene grabado a fuego la noción del individuo como un ser autónomo, olvida o posterga otros conceptos como los de comunidad, sociedad e identidad de grupos. Algunos intelectuales estamos viendo que políticamente el liberalismo no basta para responder a los retos de la actualidad y, a mi juicio, esto tiene que ver con la postergación en que se ha dejado, por la derecha y la izquierda, el desafío de la desigualdad en nuestras sociedades. Uno podía esperar que la derecha lo hiciera, pero jamás lo pensamos de la izquierda, y hablo sobre todo de las democracias occidentales, especialmente en la época de Clinton y de Tony Blair, Mitterrand, González y Schroder. La centroizquierda apostó por la globalización y por el sistema de mercado, abandonando su preocupación por la desigualdad.

 

-Convengamos que ese viraje le trajo estabilidad y prosperidad al mundo…

-Sí, y quizás como estábamos viviendo los efectos de la revolución de Reagan y Thatcher, era necesario apostar por una política de centro. Pero en la actualidad estamos viviendo los costos y efectos de aquello. Los niveles de desigualdad, no solamente en América Latina, donde han bajado un poco en estos últimos años, han subido a niveles tremendos aquí en Estados Unidos y en varios países europeos. Lo anterior hace muy difícil la gobernabilidad. La combinación entre democracia y altos niveles de desigualdad genera, tal como se muestra en toda la literatura especializada y en la evidencia empírica, altos niveles de tensión social, Chile y Brasil, en los primeros años del siglo XXI, intentaron demostrar lo contrario, a través de Lagos y Cardoso, pero eso tampoco funcionó si observamos lo que sucedió en ambos países después.

 

-¿Hay ingenuidad en la democracia a la hora de defenderse de sus enemigos?

-Sin duda. De hecho, una generación de liberales, y me incluyo, pensaba que los enemigos de la democracia se habían muerto. Que existía algo en el Medio Oriente y Putin, pero en los países occidentales, e incluyo a América Latina, se habían extinguido. Dejamos de preocuparnos por los enemigos de la democracia. Parecía que todos estaban vencidos, dejamos de estar vigilantes, y creo que vamos a tener que aprender a defender la democracia.

 

-¿Observa riesgos para un régimen de libertades en el retorno del peronismo en Argentina?

-No. Hace ya muchos años que los peronistas han jugado con las reglas del juego democrático, y eso constituye una enorme garantía. Pueden ser un poco más corruptos, pero el peronismo, desde el 85, siempre ha jugado según sus reglas. No veo mucho peligro autoritario en el peronismo.

 

-¿Y en cuanto a la administración económica de Argentina?

-Por lo general, los gobiernos que han dejado a Argentina en el abismo han sido los no peronistas, de Alfonsin y de De la Rúa. Y los que la han rescatado son básicamente peronistas. No nos olvidemos de que el peronismo es ante todo una fuerza política pragmática y, con todas sus deficiencias, tiene una enorme capacidad de gobernar.

 

-Sin embargo, convengamos que el gobierno de Cristina Fenández dejó tras de sí un cuadro muy complejo en Argentina…

-Esa idea de que los buenos estuvieron en el poder y que los malos perdieron, y que ahora vienen los populistas que van a destruir Argentina, no corresponde con la historia. Los peronistas no son tontos. Cristina gastó demasiada plata y dejó una porquería para Macri, es cierto. El gran problema que enfrentó ese país durante los últimos años fue un desbalance en el poder. El radicalismo se murió y dejó solo en la escena política al peronismo. Terminas con corrupción, con abuso de poder, y todo eso ocurrió. Hoy tienes una oposición un poco más fuerte, sin la bonanza económica del pasado. Y no hay espacio ni plata para irse de fiesta o para un experimento populista. Creo que vamos a ver en muchos sentidos a un gobierno más parecido al de Menem que al de Cristina Kirchner.

Source: El Mercurio