Experimentación radical en educación

January 30, 2020

Parece razonable dejar experimentar un poco más a los establecimientos escolares.

La manera más apropiada de educar a niños y jóvenes es una cuestión que ha preocupado a las más diversas comunidades desde siempre. Se han escrito muchas teorías al respecto.
En la mayoría de los casos, la evidencia sobre sus efectos e impactos es acotada, dispersa o inexistente. En alguna medida, ello ocurre porque los objetivos que se le pide a la educación no siempre son concordados o resultan demasiado ambiciosos para servir de guía a los procesos escolares. E incluso cuando hay objetivos compartidos, puede no existir acuerdo respecto de las formas de evaluarlos o de medir los logros educativos. Con todo, hay aprendizajes mínimos que se deben alcanzar y habilidades indispensables que se deben desarrollar. Al mismo tiempo, es posible asegurar que las experiencias educacionales difícilmente serán enriquecedoras si no existen profesores efectivos y liderazgos pedagógicos en funcionamiento. Pero indudablemente esta visión representa mínimos y no es evidente que, si se logran satisfacer, ello sea suficiente para asegurar un mejoramiento continuo en los aprendizajes. En los últimos años, diversas pruebas internacionales, como PISA, muestran algún grado de estancamiento en los desempeños educativos. Esta realidad -aunque no solo ella- ha llevado a algunos expertos a preguntarse si la educación como la conocemos no está obsoleta.
En una reciente visita, el reconocido académico de la Universidad de Harvard Richard Elmore, en una reunión en "El Mercurio" con diversos expertos y educadores chilenos, apostaba por una "experimentación radical" en educación, es decir, una educación que se atreva a probar con modelos educacionales. La premisa detrás de sus ideas es que el aprendizaje ocurre naturalmente de muchas maneras y que la educación ha institucionalizado este proceso restándole flexibilidad y libertad. En realidad, es evidente que la educación no es una ciencia, pero sí puede mejorar a partir de un proceso continuo de ensayo y error. Y, por cierto, en un sistema institucionalizado las posibilidades de ensayar, equivocarse y enmendar son menores y, por consiguiente, las posibilidades de expandir las fronteras de aprendizaje son ciertamente más restringidas.
No cabe duda de que esta mirada refleja optimismo respecto de las ganancias que puede exhibir una experimentación "radical". La acepción, en el pensamiento de Elmore, se refiere a formas muy distintas de las habituales para desarrollar el proceso educativo; por ejemplo, pidiéndoles a los estudiantes que realicen proyectos de investigación que pueden durar semanas. Detrás de esta mirada subyace la idea de que se puede aprender más sin necesidad de atiborrar de contenidos el proceso, algo muy habitual en las experiencias educativas, particularmente en el caso chileno. Estos planteamientos sin duda son atractivos, pero posiblemente rinden mayores frutos si hay una base institucional mínima. Por ejemplo, desarrollar tales experimentos sin contar con buenos profesores se hace más complejo. De hecho, ellos suponen, en general, un profesor facilitador, papel que suele imponer mayores exigencias que una clase expositiva.
Una combinación apropiada para nuestro país es la de apostar a construir mayores capacidades en el sistema educacional y al mismo tiempo permitir más amplia flexibilidad en las experiencias educativas. Esto debería extenderse incluso a las políticas públicas. Un buen ejemplo es la jornada escolar completa. Fue una política onerosa que no logró mayor impacto en la calidad de la educación. Con todo, es posible que haya sido beneficiosa para algunos planteles, mientras que otros podrían, quizás, haber aprovechado mejor los recursos invirtiéndolos en otros ámbitos educativos. Algo similar se observa en las restricciones excesivas que tiene el uso de las subvenciones escolares preferencial y prioritaria. Parece razonable dejar experimentar un poco más a los establecimientos escolares y sistematizar esas experiencias para aprender de ellas.

Fuente: El Mercurio